Uno de los elementos esenciales para generar una sana convivencia al interior de la relación conyugal, es el perdón. De la mano con este ingrediente: el amor, la comprensión y la tolerancia.

Uno de los peores enemigos de la relación familiar es el resentimiento que alimentamos en el corazón y que toma fuerza con el paso del tiempo. Nos roba la paz interior y el amor por la vida.  Es persistente. Destruye progresivamente a quien lo anida en su corazón y, de paso, mina las relaciones con el cónyuge, con los hijos y las personas con las que se interactúa.

Alrededor del tema el apóstol Pablo escribió:

«Enójense, pero no pequen; no se ponga el sol sobre su enojo, ni den oportunidad al diablo.» (Efesios 6: 26, 27 | NBLA)

Es evidente que nuestro adversario espiritual, Satanás, aviva estos sentimientos descontrolados que resquebrajan paulatinamente el trato con quienes nos rodean.   

CONSECUENCIAS DE NO GESTIONAR LAS EMOCIONES

Infinidad de personas enfrentan estas manifestaciones de rabia contenida. Y aunque desean ser libres, les resulta difícil. No pueden. Debido a que no pueden superarlo, el resentimiento continúa causándoles daño por mucho tiempo.

¿Qué consecuencias produce en la vida de quienes lo enfrentan?

  • Reacciones dañinas hacia los demás.
  • Levanta barreras gigantescas para amar y ser amados.
  • Desencadena episodios depresivos, a veces, con carácter permanente.
  • Llega a convertirse en un mal con el que se convive.

Tratemos de entender el asunto. La ira es una emoción. No es mala en sí misma en la medida en que aprendemos a gestionarla. Es decir, controlarla, someterla a Dios y no permitir que gobierne nuestro ser.

En la Palabra leemos:

Cuídense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados.” (Hebreos 12. 15 | NBLA)

En algunos casos el resentimiento es el causante de discusiones inexplicables y recurrentes en la pareja.

UN CONFLICTO INTERNO PERMANENTE

Las consecuencias que desencadena el resentimiento proseguirán a menos que resolvemos en el corazón aquello que nos despierta el enojo.

El catedrático de la Universidad de Denver, Howard Markman, escribió:

“La ira es una emoción secundaria y no un sentimiento primario. Su origen es la frustración, el temor o la ofensa recibida. Cuando despojamos la palabra ira de su más profundo nivel, descubrimos que es una hebra que se mantiene viva como una expectativa insatisfecha. La frustración está asociada a no recibir lo que esperamos de otra persona o de una circunstancia en particular.”

Con frecuencia se le echa la culpa de nuestra eventual infelicidad a las personas—particularmente al cónyuge o los hijos–, o quizá a las situaciones que enfrentamos. Se puede incluso sentir enojo con nosotros mismos.

Debemos concluir en algo: la ira es la forma como respondemos a lo que ocurre en nuestro entorno o cotidianidad y que no logramos controlar.

En ese orden de ideas, somos usted y yo quienes decidimos que el resentimiento nos gobierne o no. Renunciamos a su poder cuando tomamos conciencia de la enorme carga destructiva que encierra. De lo contrario, el resentimiento nos destruirá.

LOS BENEFICIOS DEL PERDÓN

Cuando nos evaluamos como pareja y descubrimos los eqívocos en los que incurrimos como consecuencia de anidar el resentimiento, particularmente al interior del hogar, no podemos menos que coincidir en que los resultados son fatales y afectan la sana convivencia.

Dejar atrás los rencores y la amargura puede dar lugar a una mejor salud y más tranquilidad. El perdón puede llevar a:

  • Relaciones más sanas
  • Mejor salud mental
  • Menos ansiedad, estrés, y hostilidad
  • Presión arterial más baja
  • Menos síntomas de depresión
  • Un sistema inmunitario más fuerte
  • Mejor salud cardíaca
  • Mejor autoestima

Al poner en una balanza los perjuicios de no perdonar y guardar odio, frente a lo que alcanzamos perdonando, sin duda, lo mejor es perdonar.

En esa dirección cobra vigencia la enseñanza del Señor Jesús:

Porque, si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial.” (Mateo 6. 14)

Por su parte, el apóstol Pablo recomienda:

«Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.» (Efesios 4: 32)

Perdonar no es opcional, es un imperativo. Y en es por el perdón que debemos inclinarnos, con el poder de Dios, por Su infinita gracia en nosotros.

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© Fernando Alexis Jiménez | Ministerios Vida Familiar | #RevistaVidaFamiliar


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