La relación matrimonial en medio de las crisis

En medio de las situaciones más difíciles, es importante que le demos el primer lugar a Jesucristo. Permitir que Él gobierne la toma de decisiones, guiándonos hacia pasos seguros.

Los períodos de crisis por lo que atraviesa una familia –económicos, de salud y sentimentales, entre otros—llevan al matrimonio a un cruce de caminos en el que pueden se afianzar o, por el contrario, se precipita al abismo.

Quizá usted se pregunte, ¿cuándo se fortalece la relación matrimonial?

Cuando antes de la crisis se han sentado bases sólidas como:

  • Dialogar
  • Dedicarse tiempo mutuamente
  • Ser comprensivos
  • Perdonar los errores del otro
  • Dinámicas de convivencia
  • Disposición para la resolución de los problemas

Con fundamentos así, ninguna crisis desmorona un matrimonio, por el contrario, lo fortalece.

Ahora, vamos a la otra cara de la moneda.

La crisis puede llevar al colapso conyugal cuando prevalecen los siguientes elementos:

  • Persiste el rencor
  • El perdón no es sincero
  • Cada quien vive en su propio mundo
  • Hay egoísmo
  • Se agigantan los problemas
  • Hay brotes de agresividad hacia el cónyuge o los hijos
  • La grosería que aflora cuando hay rabia
  • Romper la comunicación, es decir, dejar de hablarle a la otra persona.

Estos comportamientos menoscaban la relación conyugal y la proyectan a una crisis tan profunda, que los dos –o al menos uno de los componentes de la pareja–, puede contemplar la posibilidad del divorcio.

En medio de ese período de desierto, toman fuerza:

  • La frustración
  • La tristeza
  • La molestia

Cabe aquí recordar y atesorar lo que enseñan las Escrituras:

«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.» (1 Corintios 13. 4-7 | RV 60)

En medio de las situaciones más difíciles, es importante que le demos el primer lugar a Jesucristo. Permitir que Él gobierne la toma de decisiones, guiándonos hacia pasos seguros.

A propósito, si no ha recibido a Jesucristo como su Señor y Salvador, hoy es el día para que lo haga. Prendidos de Su mano iniciamos el viaje maravilloso hacia el cambio y crecimiento que no solo anhelamos, sino que necesitamos a nivel personal, espiritual y familiar.

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