El hombre plagado de lepra pudo resignarse a su situación hasta morir. O, confiar en que el poder de Dios es ilimitado e ir por ese hecho portentoso que cambiara el curso de su historia. Lo que marcó un antes y un después, fue su fe.

Por Fernando Alexis Jiménez | #RadioBendiciones 

El enrojecimiento en su piel, comenzó un día cualquiera. Producía escozor. Una molestia constante que, a pesar de los remedios caseros y, luego los preparativos prescritos por los médicos, se fue extendiendo por todo el cuerpo. Al principio quiso ocultarlo, pero luego fue inevitable.

Aléjate de aquí–, le gritaban todos, temiendo contagiarse. Lo echaron fuera del pueblo como consecuencia de su lepra.

Sus días se tornaron grises. Las esperanzas se esfumaron. Hasta su propia familia lo despreciaba. Unas veces quería morir, otras, anhelaba la sanidad.

Por ese motivo no fue extraño que, al llegar Jesús al caserío, saliera a verlo, pese a que muchos alrededor pretendían impedírselo. Al verlo, se postró a sus pies. Le impidió seguir adelante. Algo impulsivo, porque el Maestro podría haberlo hecho a un lado, o sencillamente, cambiar de ruta. Pero no fue así.

Señor, si quieres, puedes limpiarme–, le dijo con una amalgama de dolor y desesperación en su voz.

“Entonces, extendiendo él [Jesús] la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él. Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos. Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.” (Lucas 5: 13-15 | RV 60)

Una historia con un final feliz. Pero detrás de todo, la fe de un hombre al que todos apartaban por su enfermedad. La convicción de que Jesús traería sanidad a su vida. Y, algo más, un paso de fe. No basta con creer, hay que avanzar.

El hombre fue a Jesús, se postró ante Él y clamó por su milagro. Y Dios respondió con poder.

Probablemente está atravesando un momento difícil. En su salud, en sus finanzas, con su familia. Es posible que haya llegado a pensar que el problema es tan grande, que no tiene solución. ¡Tremendo equívoco! Hay una salida del laberinto. Se encuentra en Jesucristo, nuestro amado Dios y Salvador, quien nos aseguró la victoria en la cruz.

Piénselo por un instante: el hombre plagado de lepra pudo resignarse a su situación hasta morir. O, confiar en que el poder de Dios es ilimitado e ir por ese hecho portentoso que cambiara el curso de su historia. Lo que marcó un antes y un después, fue su fe. Igual usted. Hoy es el día para su milagro.

Si aún no ha recibido a Jesucristo como su Señor y Salvador, hoy es el día para que lo haga. Permita que reine en su vida y en su hogar. Es la mejor decisión que podemos tomar.

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